No todos aprendemos igual, y eso no es un problema, ¡sino una bendición! La divergencia de pensamiento es una de las cosas que más riqueza aportan a la educación. Durante años se ha mantenido la idea de que aprender “bien” era sentarse en silencio, memorizar y repetir en un examen, pero la realidad actual (menos mal) va mucho más allá, ha que crear estilos de aprendizaje, porque cada persona entiende, procesa y conecta con la información a su manera y a su propio ritmo

En ese contexto aparece la neurodivergencia, que engloba formas de funcionamiento del cerebro como el TDAH, el autismo o la dislexia, aunque en el fondo va mucho más allá de etiquetas clínicas. Cuando dejamos de centrarnos solo en las dificultades, vemos también las fortalezas: pensamiento creativo, hiperfoco en intereses concretos, atención al detalle o maneras distintas de resolver problemas. 

La neurodiversidad no debe verse como un «fallo», sino como una manifestación de las diferencias cognitivas naturales del ser humano. Estudios de neuroimagen sugieren que estas condiciones comparten bases biológicas; por ejemplo, tanto en el autismo como en el TDAH se ha observado una disminución del volumen del cuerpo calloso y de la sustancia gris frontal izquierda

Por eso, hablar de estilos de aprendizaje y educación inclusiva en la actualidad no es un ideal abstracto, sino una necesidad real, porque no se trata de que todo el mundo encaje en el mismo molde, sino de aceptar que hay muchas formas válidas de aprender y quizá la cuestión no sea por qué algunas personas no encajan en el sistema, sino por qué el sistema no es capaz de adaptarse mejor a la diversidad.

¿Qué significa ser neurodivergente?

Cuando hablamos de neurodivergencia, nos referimos, hablando en plata, a que no todos los cerebros funcionan igual. Es una manera de nombrar la diversidad en la forma en que las personas piensan, procesan la información, sienten o se relacionan con el entorno. ¿No tiene entonces sentido lo de los estilos de aprendizaje?

Durante años, estas diferencias se han explicado casi exclusivamente desde un enfoque clínico, como si todo lo que se saliera de la norma fuese un problema que corregir. Pero cada vez hay más consenso en entenderlo desde otro lugar: no como un fallo, sino como una variación natural del cerebro humano.

Hay perfiles neurodivergentes bastante conocidos, como por ejemplo el autismo, el TDAH o la dislexia. Por ejemplo, una persona dentro del espectro autista puede percibir los estímulos de forma más intensa o comunicarse de manera particular; alguien con TDAH puede experimentar dificultades para mantener la atención en tareas que no le motivan, pero también una gran energía o capacidad de reacción; y una persona con dislexia puede encontrar más complicado leer o escribir de manera convencional, aunque eso no tenga nada que ver con su inteligencia.

Existe un alto grado de concordancia entre estas condiciones. Se estima que entre un 30% y más del 80% de los niños con autismo manifiestan síntomas de TDAH, y a la inversa, entre un 30% y 65% de los niños con TDAH muestran síntomas significativos del espectro autista.

No es solo una dificultad de aprendizaje, sino que tiene una fuerte base genética. Se han identificado al menos cuatro genes de riesgo (DYX1C1, KIAA0319, DCDC2 y ROBO1) que participan en el desarrollo cerebral y la migración de las neuronas

Lo importante es cambiar la mirada.

Ser neurodivergente no significa ser menos listo o inteligente, sino simplemente funcionar de manera diferente. Y esa diferencia no es, por sí misma, un déficit. Muchas de las dificultades aparecen, en realidad, cuando el entorno no está preparado para adaptarse a esa diversidad. Por tanto, quizá se necesiten estilos de aprendizaje diferentes.

Por eso, cuando hablamos de neurodiversidad, hablamos también de aceptar que no existe una única forma válida de aprender, de comunicarse o de estar en el mundo, es decir, de estilos de aprendizaje. Hay muchas. Y todas forman parte de lo que nos hace humanos.

Habilidades comunes en personas neurodivergentes

Cuando se habla de neurodivergencia, muchas veces la conversación se centra en lo que cuesta. Sin embargo, si cambiamos el foco, empiezan a aparecer también muchas fortalezas que, en otros contextos, incluso pueden marcar la diferencia y que, como decimos, se pueden potenciar con diferentes estilos de aprendizaje.

Eso sí, hay que dejar una cosa clara desde el principio: no existe un “perfil tipo”. No todas las personas tienen las mismas habilidades ni las viven de la misma manera. Aun así, sí hay ciertos patrones que se repiten con bastante frecuencia. A esto nos referimos cuando comentamos que, por tanto, los estilos de aprendizaje han de adaptarse al perfil de la persona.

Pensamiento visual o no lineal

Algunas personas procesan la información más a través de imágenes, conexiones o ideas globales que siguiendo un orden paso a paso. Esto normalmente se traduce en una gran facilidad para entender conceptos complejos, detectar patrones o ver relaciones donde otros no las ven tan fácilmente.

Hiperfoco y especialización

Cuando algo despierta interés, la concentración puede ser muy intensa. Ese estado de “meterse de lleno” en una tarea permite profundizar muchísimo en un tema, aprender rápido y desarrollar un conocimiento muy detallado. En entornos adecuados, esto puede convertirse en una gran ventaja.

En adultos neurodivergentes, tratamientos como la terapia cognitivo-conductual (TCC) han demostrado ser efectivos para canalizar estas fortalezas y mejorar la adaptación laboral y social, validando que el enfoque debe ser el apoyo personalizado y no la «normalización» de la persona

Creatividad divergente

Pensar “fuera de la caja” no es solo una frase hecha. Muchas personas neurodivergentes tienden a generar ideas originales, a cuestionar lo establecido o a encontrar soluciones poco convencionales. Esa forma de pensar puede ser especialmente valiosa en contextos creativos o de resolución de problemas.

Alta sensibilidad o percepción

En algunos casos, hay una mayor sensibilidad a estímulos, emociones o detalles del entorno. Aunque a veces esto puede resultar abrumador, también permite percibir matices que, para otras personas, pasan desapercibidos, ya sea en lo sensorial, lo emocional o incluso en lo social.

Al final, más que hacer listas cerradas, lo importante es entender que cada persona combina estas (u otras) habilidades de manera única. La neurodivergencia no define un conjunto fijo de características, sino una forma distinta —y válida— de experimentar y entender el mundo. Por tanto todos los estilos de aprendizaje son igualmente distintos y válidos.

¿Existen realmente los estilos de aprendizaje?

Seguro que alguna vez has escuchado eso de que hay personas “visuales”, “auditivas” o “kinestésicas”. Es una idea muy extendida: que cada uno aprende mejor si la información se adapta a su supuesto estilo de aprendizaje. Por ejemplo, a través de esquemas, escuchando, escribiendo, o practicando con las manos.

En un primer momento esto tiene sentido, y por eso ha calado tanto en el ámbito educativo. Pero cuando miramos lo que dice la investigación, la cosa se vuelve un poco más compleja:

A día de hoy, no hay evidencia sólida que demuestre que enseñar a alguien exclusivamente según su “estilo” mejore realmente su aprendizaje. Es decir, no está claro que una persona aprenda más solo por recibir la información en su formato preferido, con estilos de aprendizaje personalizados. De hecho, muchos expertos coinciden en que este enfoque, llevado al extremo, puede simplificar demasiado cómo funciona el aprendizaje.

La ciencia ha demostrado que la teoría de los hemisferios (cerebro derecho «creativo» vs. izquierdo «lógico») es un neuromito. Estudios de resonancia magnética funcional (fMRI) revelan que ambos hemisferios están activamente involucrados en casi todas las tareas cognitivas y que el aprendizaje requiere una integración de redes neuronales en todo el cerebro. No existe evidencia científica de que emparejar la instrucción con un supuesto «estilo» (visual o auditivo) mejore los resultados académicos

Ahora bien, esto no significa que todo dé igual.

Lo que sí sabemos es que existen preferencias, formas más cómodas de acercarse a la información, y también perfiles cognitivos distintos. Hay quien entiende mejor con apoyos visuales, quien necesita moverse para concentrarse o quien prefiere escuchar antes que leer. Y todo eso influye, claro.

La clave está en no encasillar.

Más que etiquetar a cada persona con un único estilo, lo que suele funcionar mejor es ofrecer variedad: combinar explicaciones, ejemplos, práctica, imágenes, conversación… y dar margen para que cada uno encuentre su manera de conectar con el contenido.

En el caso de la neurodivergencia, esto cobra todavía más sentido. No se trata de adaptar todo a una etiqueta, sino de crear entornos de aprendizaje lo suficientemente flexibles como para que diferentes formas de pensar y procesar la información tengan cabida.

Estilos de aprendizaje para personas neurodivergentes

Cuando dejamos a un lado las etiquetas y miramos el aprendizaje desde lo cotidiano, es más fácil entender qué necesitan realmente muchas personas neurodivergentes. No se trata de aplicar una fórmula concreta, sino de crear condiciones que permitan que cada uno encuentre su manera de aprender.

  • Aprendizaje multisensorial: combinar distintos canales —ver, escuchar, tocar, experimentar— ayuda a que la información se procese de forma más rica y, en muchos casos, más accesible. 
  • Estructura  y flexibilidad: aunque suene contradictorio, ambas pueden ser igual de importantes. Hay personas que necesitan rutinas claras, saber qué viene después, tener un marco predecible. Otras, en cambio, funcionan mejor con cierto margen, pudiendo adaptar la tarea a su ritmo o a su forma de hacer. Incluso una misma persona puede
  • Ritmo: el aprendizaje no siempre encaja bien en tiempos estándar. Algunas personas necesitan más tiempo para procesar, otras avanzan muy rápido cuando algo les interesa. Respetar esos ritmos personalizados no es un “extra”, es parte de que el aprendizaje tenga sentido.
  • Contexto emocional: sentirse seguro, comprendido y no juzgado influye muchísimo más de lo que parece. Cuando hay ansiedad, presión o miedo a equivocarse, aprender se vuelve mucho más difícil. 

En el fondo, todo esto apunta a una idea bastante sencilla, aunque no siempre se aplique: la educación debería adaptarse a la persona, y no al revés

Estilos de apendizaje inclusivos que sí funcionan

Cuando pasamos de la teoría a la práctica, la pregunta clave es: ¿qué se puede hacer realmente para que el aprendizaje sea más inclusivo? No hay una única respuesta, pero sí hay enfoques que, en la experiencia de muchos profesionales, funcionan mejor que otros porque tienen en cuenta la diversidad desde el principio.

Algunas ideas que marcan la diferencia:

  • Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA): más que adaptar después, se trata de diseñar desde el inicio pensando en que habrá alumnos diferentes. Por ejemplo, ofrecer varias formas de acceder a la información, distintas maneras de participar y opciones para demostrar lo aprendido. No todo tiene que ser un examen escrito.
  • Uso de múltiples formatos (texto, audio, visual): explicar un mismo contenido de varias formas ayuda muchísimo. Un concepto puede entenderse mejor con un esquema, un vídeo corto o un ejemplo práctico que solo con texto. No es duplicar trabajo, es abrir puertas. Un meta-análisis reciente de 2025 que evaluó 41 estudios indica que las intervenciones más efectivas son las digitales y basadas en tecnología (67% de éxito), seguidas de las conductuales (63%) y las nutricionales (64%). Esto respalda científicamente la importancia de usar formatos multimedia y tecnológicos en el aula para apoyar a mentes diversas
  • Aprendizaje basado en intereses: cuando algo conecta con lo que te gusta, todo cambia. Incorporar los intereses del alumno —aunque sea parcialmente— puede aumentar la motivación y facilitar la comprensión.
    Ejemplo: usar videojuegos, animales o música como punto de partida para trabajar lectura, matemáticas o escritura.
  • Espacios seguros y predecibles: saber qué esperar reduce mucho la ansiedad. Tener rutinas claras, anticipar cambios o simplemente generar un ambiente donde equivocarse no sea un problema ayuda más de lo que parece.
    Ejemplo: empezar cada sesión explicando qué se va a hacer y cuánto durará cada actividad.
  • Personalización sin etiquetar: adaptar no significa señalar. Se pueden ofrecer opciones (más tiempo, distintos formatos, apoyos visuales…) sin tener que clasificar a cada persona. La idea es normalizar la diversidad, no convertirla en algo excepcional.

Al final, muchas de estas estrategias no benefician solo a personas neurodivergentes. Funcionan mejor para todos. Porque cuando el aprendizaje se vuelve más flexible, más claro y más humano, es más fácil que cada persona encuentre su lugar dentro de él.

Por qué debemos dejar de hablar de “normal vs diferente”

Hay palabras que parecen inocentes, pero que, sin darnos cuenta, van marcando líneas muy claras. Hablar de “normal” frente a “diferente” es una de ellas. Porque, en el fondo, no solo describe: también clasifica, separa… y muchas veces, limita.

Cuando alguien crece sintiendo que está fuera de lo “normal”, es fácil que eso acabe afectando a cómo se ve a sí mismo. No hace falta que nadie lo diga directamente; basta con pequeños gestos, comparaciones o expectativas que no encajan. Poco a poco, esa diferencia puede empezar a vivirse como algo negativo, como si hubiese algo que corregir. Y ahí es donde entran las etiquetas.

Las etiquetas pueden ayudar a entender ciertas necesidades, sí. Pero cuando se convierten en una forma de definir a la persona, dejan de ser útiles. Reducen la identidad a una sola característica y, en muchos casos, pesan más que todo lo demás. No es lo mismo decir “una persona con dislexia” que “una persona que tiene dificultades con la lectura en ciertos contextos”. El matiz importa.

Además, muchas veces confundimos inclusión con algo mucho más superficial. No es lo mismo integrar que incluir. Integrar es permitir que alguien esté dentro del sistema, aunque tenga que adaptarse como pueda. Incluir, en cambio, implica que el propio sistema cambie para que todas las personas puedan participar en igualdad de condiciones, sin tener que encajar a la fuerza.

Cuando dejamos de pensar en términos de normalidad, se abre otra forma de mirar: una en la que la diversidad no es una excepción, sino parte de lo esperable. Y desde ahí, todo —la educación, las relaciones, la forma de entender el mundo— empieza a tener mucho más sentido.

Conclusión: hacia una educación que valore todas las mentes

Si algo atraviesa todo lo que hemos visto hasta ahora es una idea bastante simple, pero que todavía cuesta llevar a la práctica: no todas las personas aprenden igual, y eso no solo es normal, sino esperable.

Hemos hablado de neurodivergencia, de estilos de aprendizaje, de habilidades que a veces pasan desapercibidas y de la importancia del contexto en todo el proceso. Y, al final, todo se conecta en el mismo punto: cuando la educación se vuelve más flexible, más consciente de la diversidad y menos rígida, el aprendizaje mejora para todos.

No se trata de buscar una única fórmula que funcione, sino de aceptar que hay muchas maneras de llegar a un mismo lugar. Algunas más visuales, otras más prácticas, otras más intuitivas o más lentas, pero igual de válidas.

Quizá lo más importante es quedarnos con esto: no hay una forma correcta de aprender, sino múltiples formas de entender el mundo.


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