Tener muchas capacidades, intereses y facilidad para aprender no significa necesariamente saber qué hacer con todo ello. De hecho, una de las dificultades que pueden encontrarse algunos alumnos con altas capacidades aparece precisamente cuando llega el momento de tomar decisiones sobre su futuro académico y profesional.
¿Qué estudiar? ¿En qué soy realmente bueno? ¿Qué me interesa de verdad? ¿Y si elijo mal? Cuando existen muchas áreas que despiertan curiosidad y diferentes posibilidades sobre la mesa, tomar una decisión puede resultar más complicado de lo que parece.
Esta cuestión es el punto de partida de la ponencia de Bárbara de Góngora, psicóloga y orientadora educativa, en las V Jornadas sobre Altas Capacidades celebradas en la Universidad Autónoma de Madrid. Su propuesta pone el foco en algo que va más allá de elegir una carrera: ayudar al alumnado a construir una dirección, una identidad y, con el tiempo, un propósito.
¿Por qué a algunos alumnos con altas capacidades les cuesta elegir su futuro?
Desde fuera puede parecer contradictorio. Si un estudiante tiene facilidad para aprender y destaca en diferentes ámbitos, ¿no debería resultarle más sencillo decidir qué quiere estudiar?
No siempre.
Una de las razones puede estar relacionada con la multipotencialidad. Cuando una persona tiene muchos intereses y capacidades, puede sentirse atraída por caminos muy diferentes. El problema no es la falta de opciones, sino precisamente tener demasiadas.
A esto pueden sumarse el perfeccionismo y el miedo a equivocarse. La National Association for Gifted Children (NAGC) explica que el perfeccionismo poco saludable puede estar relacionado con el estrés, la evitación del riesgo y la procrastinación, y ofrece estrategias para ayudar a los niños y adolescentes a desarrollar expectativas más realistas.
Elegir unos estudios implica, además, renunciar temporalmente a otras posibilidades y asumir que quizá la decisión no sea perfecta. Para un alumno que se exige mucho a sí mismo, esta incertidumbre puede convertirse en un bloqueo.
También puede ocurrir que el buen rendimiento académico o la facilidad para determinadas materias no estén acompañados de una motivación clara. Sacar buenas notas en algo no significa necesariamente que ese ámbito vaya a proporcionar satisfacción a largo plazo.
Por eso, la orientación no debería limitarse a responder a la pregunta «¿qué carrera debería estudiar?». Antes hay otras preguntas que merece la pena plantear.
El autoconocimiento como punto de partida
Para orientar a un alumno hacia su futuro, primero necesita conocerse.
Esto implica identificar no solo aquello que se le da bien, sino también qué actividades despiertan su curiosidad, qué problemas le interesan, qué tipo de tareas disfruta y qué clase de contribución le gustaría realizar.
En la ponencia se plantean preguntas muy concretas para trabajar este proceso:
- ¿Qué dicen otras personas que haces especialmente bien?
- ¿Qué cosas haces con facilidad mientras a otras personas les cuesta?
- ¿Qué habilidades has desarrollado con el tiempo?
- ¿Qué temas podrían interesarte durante horas?
- ¿Qué problemas o situaciones te preocupan especialmente?
- ¿A quién te gustaría ayudar?
- ¿Qué cambio te gustaría conseguir?
- ¿Qué soluciones podrías aportar?
Este ejercicio permite pasar de una visión centrada exclusivamente en las notas a una mirada mucho más amplia sobre la persona.
También puede ser útil elaborar un mapa de intereses, identificar fortalezas y áreas de mejora o realizar un análisis DAFO personal. Son herramientas que permiten poner nombre a aspectos que muchas veces están presentes, pero que el propio alumno no había identificado de manera consciente.
El objetivo no es conseguir una respuesta definitiva en una sola sesión, sino generar información que ayude al estudiante a tomar decisiones progresivamente más ajustadas a sus intereses, capacidades y circunstancias.
Explorar antes de decidir
Una decisión académica no tiene por qué aparecer de repente al terminar Bachillerato.
Para los alumnos con altas capacidades, la exploración puede ser especialmente importante cuando existen intereses muy diversos. Investigar profesiones, hablar con profesionales de diferentes sectores, participar en actividades relacionadas con determinadas áreas o conocer de cerca distintos entornos de trabajo puede ayudar a convertir una idea abstracta en una experiencia concreta.
Por ejemplo, no es lo mismo pensar «me interesa la medicina» que conocer cómo es realmente el día a día de un profesional sanitario. Tampoco es igual imaginar que nos gusta la programación que tener la oportunidad de desarrollar un pequeño proyecto y comprobar cómo nos sentimos trabajando en ese contexto.
La experiencia aporta información que difícilmente se obtiene únicamente leyendo sobre una profesión.
La NAGC recomienda ofrecer oportunidades de enriquecimiento y experiencias de aprendizaje ajustadas a los intereses y capacidades de los estudiantes, incluyendo actividades que permitan profundizar en aquello que despierta su curiosidad.
Por eso, equivocarse durante esta etapa no debería interpretarse automáticamente como un fracaso. Explorar también significa descubrir que algo no encaja.
Aprender a convivir con el error
Uno de los mensajes que atraviesa la ponencia es que un estudiante no necesita tener todas las respuestas desde el principio.
La construcción de la identidad académica y profesional es un proceso que comienza mucho antes de elegir unos estudios y continúa durante la vida adulta. En la adolescencia, el objetivo no debería ser tener un plan profesional completamente cerrado, sino explorar, probar, equivocarse y seguir avanzando.
Esto es especialmente relevante cuando el perfeccionismo hace que cualquier error se perciba como una amenaza.
Aprender que una elección puede revisarse, que una experiencia puede servir para descartar una opción y que cambiar de dirección también forma parte del aprendizaje puede reducir parte de esa presión.
Además, no conviene asumir que cualquier problema académico o emocional que aparezca en un alumno tiene que explicarse por sus altas capacidades. Cuando existen síntomas persistentes de ansiedad, malestar, aislamiento, desmotivación intensa o deterioro del funcionamiento cotidiano, es recomendable valorar la situación de forma individual con los profesionales correspondientes.
La American Academy of Pediatrics, a través de HealthyChildren.org, señala la importancia de detectar e intervenir ante las dificultades de rendimiento de algunos alumnos con altas capacidades, especialmente cuando existe una discrepancia entre su potencial y sus resultados académicos, en lugar de esperar a que el problema desaparezca por sí solo.
En este sentido, puedes ampliar información en nuestro artículo sobre altas capacidades y salud mental.
Del talento al propósito
Conocer las propias capacidades e intereses es importante, pero la orientación puede dar un paso más: ayudar al alumno a descubrir para qué quiere utilizar aquello que sabe hacer.
En la ponencia, esta idea se relaciona con el propósito. No se trata de encontrar una única profesión perfecta, sino de conectar diferentes elementos: aquello que interesa, aquello que se hace bien, las necesidades del entorno y las posibilidades profesionales existentes.
Una forma sencilla de comenzar es preguntarse:
¿A quién quiero aportar algo y para qué?
La respuesta puede cambiar con el tiempo. Un estudiante puede descubrir que lo que realmente le motiva no es una materia concreta, sino resolver determinados problemas, crear, investigar, acompañar a otras personas, mejorar algo o contribuir a una causa.
Esta perspectiva ayuda a evitar una búsqueda demasiado limitada de «la profesión ideal».
El talento sin una dirección clara puede acabar dispersándose entre muchos intereses. Cuando existe un propósito, aunque todavía sea provisional, resulta más fácil establecer prioridades y tomar decisiones con sentido.
El ikigai como herramienta para explorar el propósito
Una herramienta que puede resultar útil para ordenar esta reflexión es el ikigai, un concepto japonés que se utiliza habitualmente para representar la búsqueda de aquello que da sentido y motivación a la vida. Aplicado a la orientación académica y profesional, puede servir como punto de partida para relacionar diferentes aspectos de uno mismo y del entorno.
En lugar de preguntarse únicamente «¿qué carrera debería estudiar?», el alumno puede explorar cuatro cuestiones:
- ¿Qué me gusta? Identificar actividades, temas y áreas que despiertan su interés y curiosidad.
- ¿En qué soy bueno? Reconocer habilidades, fortalezas y capacidades que ha desarrollado.
- ¿Qué necesita mi entorno? Pensar en problemas que le preocupan, personas a las que le gustaría ayudar o necesidades a las que podría contribuir.
- ¿Por qué podrían pagarme? Explorar las posibilidades profesionales relacionadas con aquello que le interesa y se le da bien.
El objetivo no es encontrar una única respuesta que determine su futuro. Para un alumno con altas capacidades, que puede tener numerosos intereses y habilidades, el ikigai puede funcionar más bien como un mapa para organizar posibilidades y detectar conexiones entre aquello que disfruta, aquello que sabe hacer y aquello que podría aportar.
Además, estas respuestas no tienen por qué permanecer iguales. Los intereses, las habilidades y las oportunidades profesionales cambian con las experiencias. Por eso, el ikigai puede utilizarse como una herramienta de reflexión que se revisa a medida que el estudiante explora, experimenta y adquiere un mayor conocimiento de sí mismo.
El papel de las familias: acompañar sin añadir presión
La familia tiene un papel importante en este proceso, pero acompañar no significa decidir por el alumno.
Los padres pueden sentir la necesidad de aprovechar el potencial de sus hijos y orientarles hacia aquello que consideran que tendrá más futuro. Sin embargo, esa presión puede añadirse a la que el propio estudiante ya experimenta.
En nuestra web encontrarás recursos específicos para familias sobre altas capacidades, incluyendo materiales para ayudar a los padres a hablar con sus hijos sobre sus capacidades y recursos relacionados con su desarrollo socioemocional.
Por eso, algunas de las preguntas más útiles no son «¿qué vas a estudiar?» o «¿qué carrera tiene más salidas?», sino:
¿Qué te interesa últimamente? ¿Qué has descubierto sobre ti? ¿Qué te gustaría probar? ¿Qué cosas te hacen sentir motivado?
Escuchar sin juzgar permite que el alumno pueda explorar sus opciones sin sentir que tiene que satisfacer unas expectativas concretas.
El acompañamiento familiar consiste, en buena medida, en estar presente mientras la persona construye su propio camino.
El papel de docentes y orientadores
La orientación académica y profesional tampoco debería recaer únicamente en el alumno y su familia.
Los docentes pueden convertirse en figuras de referencia capaces de ayudar a identificar fortalezas que quizá el propio estudiante no reconoce. La observación cotidiana permite descubrir intereses, habilidades, formas de aprender y áreas en las que existe una motivación especial.
El orientador, por su parte, puede ayudar a ordenar toda esa información y convertirla en un proceso de exploración más consciente.
Además, las altas capacidades están reconocidas en España dentro del alumnado con necesidad específica de apoyo educativo. El Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes incluye las altas capacidades intelectuales entre las necesidades específicas de apoyo educativo y señala que las administraciones educativas deben adoptar las medidas necesarias para identificar a este alumnado y valorar de forma temprana sus necesidades.
Por tanto, la orientación no debería entenderse como un recurso reservado exclusivamente para el momento de elegir universidad. Puede formar parte de un acompañamiento continuado.
En este sentido, puedes ampliar información sobre desarrollo de talento en el aula y atención a la diversidad en otros contenidos de Neurodivergencia Online.
¿Qué hacer si un alumno con altas capacidades no sabe qué estudiar?
No saberlo todavía no significa que exista un problema.
En lugar de intentar encontrar inmediatamente una respuesta definitiva, puede ser más útil seguir un proceso:
- Conocerse: identificar intereses, fortalezas, valores y motivaciones.
- Explorar: investigar estudios, profesiones y diferentes áreas.
- Experimentar: acercarse a esas opciones mediante actividades y experiencias reales.
- Reflexionar: analizar qué ha gustado, qué no y por qué.
- Decidir: elegir la opción que mejor encaje con la información disponible en ese momento.
- Revisar: entender que las decisiones pueden modificarse a medida que aparecen nuevas experiencias.
La orientación, por tanto, no consiste en adivinar el futuro del estudiante. Consiste en darle herramientas para construirlo.
Y este proceso puede ser especialmente útil cuando el alumno presenta muchos intereses o necesita encontrar una forma de conectar sus capacidades con objetivos concretos.
Del «¿qué voy a estudiar?» al «¿qué quiero aportar?»
Para muchos alumnos con altas capacidades, el reto no está en descubrir si tienen capacidades suficientes para afrontar unos estudios determinados. El verdadero desafío puede estar en encontrar una dirección entre todas las posibilidades que tienen delante.
Por eso, acompañar su futuro académico y profesional requiere mirar más allá del expediente.
¿Qué me gusta? ¿Qué se me da bien? ¿Qué quiero aprender? ¿Qué problemas me importan? ¿Qué puedo aportar? ¿Cómo quiero utilizar mis capacidades?
No hace falta responder a todas estas preguntas a los 16, 18 o 20 años. Algunas cambiarán con las experiencias y con el paso del tiempo.
Lo importante es que el alumno tenga espacio para hacerse esas preguntas, probar caminos diferentes y descubrir poco a poco quién es y hacia dónde quiere ir.
Porque orientar a un estudiante con altas capacidades no consiste en encontrar cuanto antes una profesión para todo su potencial. Consiste en ayudarle a dar dirección a ese potencial y convertirlo, poco a poco, en un proyecto con sentido.


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