Hay alumnos que entienden todo a la primera, hacen preguntas que descolocan al profesorado y terminan las tareas antes que nadie. Y aun así, algo falla: se aburren, dejan de esforzarse o se desconectan por completo del aula. Esa paradoja es el punto de partida de «Altas Capacidades: cuando aprender no es el problema», la ponencia que Alberto Quílez-Robres impartió en las V Jornadas del Día Mundial de las Altas Capacidades, celebradas bajo el inspirador lema «Del cole a la Universidad» los días 12 y 13 de marzo de 2026. Este encuentro de referencia en el ámbito educativo fue coorganizado por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) y la Universidad Complutense de Madrid (UCM), contando con la colaboración activa de entidades clave en la atención a la diversidad y el desarrollo del talento en el aula, como la Oficina de Actividades Culturales de la UAM, EducaDe, EMIRE, la editorial Narcea y la asociación PROALTAS
Alberto Quílez-Robres es Graduado en Magisterio, psicólogo experto en neuropsicología y educación y Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza, donde actualmente trabaja como profesor e investigador. Su labor se centra en el estudio de las variables psicológicas que influyen en el aprendizaje y el rendimiento académico, con especial atención a las altas capacidades, el desarrollo del talento, la inteligencia, la personalidad y la orientación educativa. A lo largo de su trayectoria ha dirigido proyectos de investigación nacionales e internacionales, así como iniciativas centradas en el desarrollo del talento y la personalización del aprendizaje, y cuenta con numerosas publicaciones científicas y participaciones en congresos y jornadas académicas.
Capacidad, habilidad, competencia y talento no son sinónimos
Uno de los errores más habituales en el aula es tratar estos cuatro términos como si fueran intercambiables. La capacidad es el potencial de base, muchas veces de origen genético. La habilidad ya implica cierto entrenamiento. La competencia añade el contexto: saber aplicar ese conocimiento a una situación concreta. Y el talento es la meta: un desempeño sobresaliente y sostenido en un dominio concreto, fruto de años de práctica deliberada. Esta distinción no es un capricho académico: es la base del modelo DMGT de Françoys Gagné, la referencia teórica más citada en la investigación sobre desarrollo del talento, y explica por qué tener altas capacidades no garantiza, por sí solo, un talento desarrollado.
Para ilustrar visualmente esta transición, Quílez propone en su ponencia un ciclo continuo de desarrollo estructurado en cuatro fases interconectadas, donde el avance depende directamente de motores o catalizadores clave:
- Capacidad (potencial): es el punto de partida innato, estrechamente ligado a la Inteligencia.
- Habilidad (capacidad de realizar): el potencial empieza a entrenarse cuando interactúan de forma directa la Aptitud y la Actitud del alumno.
- Competencia (capacidad para realizar con maestría): consiste en saber aplicar de forma práctica ese conocimiento en un contexto real.
- Talento: la cumbre del proceso. se define mediante la fórmula «Inteligencia + aptitud + creatividad», y su motor definitivo de consolidación es el Aprendizaje continuo y la práctica deliberada.
Esta perspectiva nos enseña que el talento no es un estado fijo, sino el resultado dinámico de activar la creatividad y el aprendizaje sobre un potencial de base
Del potencial al talento: qué ocurre en el camino
Entre la capacidad y el talento hay un proceso. Gagné lo describe a través de «catalizadores«: factores intrapersonales (motivación, autoconcepto, gestión emocional) y ambientales (familia, escuela, oportunidades) que aceleran o frenan esa transformación. El aprendizaje estructurado, con retroalimentación y retos progresivos, es el motor de ese proceso. Por eso un alumno con altas capacidades puede llegar a la adolescencia sin haber desarrollado un talento identificable: el potencial estaba, pero nadie lo cultivó con la intensidad necesaria.
Para comprender de manera profunda las fuerzas que actúan en este camino, resulta muy útil analizar el modelo del «Árbol de las Potencialidades» presentado por Alberto Quílez. El desarrollo del talento no es lineal, sino que ramifica la personalidad del alumno en cinco ámbitos esenciales, cada uno con sus propios indicadores de logro y factores de riesgo:
- Ámbito cognitivo-intelectual: aunque tradicionalmente se asocia al alto rendimiento, es un área de gran vulnerabilidad escolar. Si el entorno no acompaña al alumno, este puede desarrollar un perfil pesimista, caer en la desmotivación o derivar en situaciones de fracaso escolar.
- Ámbito motivacional: actúa como el gran catalizador del cambio gracias a una alta motivación intrínseca y a su enorme poder transformador sobre el resto de las capacidades individuales.
- Ámbito socio-emocional: clave para la salud mental del menor. Favorece destrezas como el liderazgo y la autorregulación, pero convive con riesgos críticos como el aislamiento por introversión, la alta sensibilidad y la exposición al acoso escolar o bullying.
- Ámbito creativo-crítico: impulsa el pensamiento alternativo e innovador. Sin embargo, si el aula no ofrece un canal adecuado para encauzar esta curiosidad, el alumno se siente incomprendido y profundamente frustrado.
- Ámbito sensorio-motriz: manifestado a través de una alta intensidad física, expresiva y perceptiva en la interacción con el entorno.
Entender que las potencialidades se extienden en estas cinco dimensiones obliga a los centros educativos a ir más allá del rendimiento académico y a cuidar el bienestar emocional y creativo para evitar que el árbol se marchite antes de dar sus frutos.
Cuando el aula no ofrece reto: el otro lado de la moneda
Un alumno que domina el currículo antes de que se lo expliquen no está «aprovechado», está desatendido. La falta de reto no se traduce siempre en aburrimiento visible: a veces aparece como desmotivación silenciosa, bajo rendimiento que contrasta con la capacidad real, o incluso conductas disruptivas que se malinterpretan como un problema de comportamiento. Una revisión sistemática publicada en la Revista Publicaciones de la Universidad de Granada sobre el bienestar socioemocional del alumnado con altas capacidades confirma que la falta de ajuste educativo es uno de los factores que más pesa en su malestar escolar, junto con la sensación de no encajar entre sus iguales. Esta cuestión conecta directamente con lo que ya contamos al hablar de la sobreexcitabilidad y de por qué la atención a la diversidad tiene que incluir también al alumnado que aprende más rápido que la media.
Diseñar propuestas que sí desarrollen el talento
La buena noticia es que existen alternativas concretas, y no pasan necesariamente por adelantar curso. Profundizar en un tema desde varios ángulos, plantear problemas abiertos sin una única solución correcta, o dar autonomía para investigar por proyectos son estrategias que exigen mucho más que memorizar contenido nuevo.
Por ello en subponencia Alberto Quílez explica: la necesidad ineludible de integrar lo cognitivo, lo emocional y lo creativo. No se trata de sobrecargar al alumnado rápido con tareas repetitivas o meramente más largas, sino de proponer desafíos complejos que activen el pensamiento divergente y respeten sus estilos de aprendizaje.
De la teoría a la práctica: desafíos reales para el aula
¿Cómo se traduce esto en el aula ordinaria? En su ponencia, Alberto Quílez presenta ejemplos fascinantes de proyectos multidisciplinares y desafíos lógicos diseñados para alumnos de primaria, los cuales demuestran que es perfectamente viable ofrecer un reto de alto nivel sin salir del currículo general:
- «Problemas de niños para niños» (Nivel 2): retos diseñados de forma colaborativa que obligan a aplicar el pensamiento matemático de manera lateral y lúdica:
- Criptogramas y álgebra temprana: actividades donde los números de las operaciones se sustituyen por letras y símbolos griegos. Los alumnos deben descifrar el valor de cada incógnita aplicando lógica inversa (por ejemplo, resolver ecuaciones partiendo de la base de que la letra $e=2$ y la letra $x=0$).
- Lógica histórico-musical: retos que conectan áreas de conocimiento. Un ejemplo real propuesto es: «Mozart nació en AFCD y Beethoven en ACCC. ¿Cuántos años de diferencia había entre el nacimiento de uno y de otro? Beethoven compuso AIU óperas y Mozart AEI. ¿Cuántas óperas menos compuso Mozart que Beethoven?». Los alumnos deben decodificar las letras para obtener los años e investigar las figuras históricas.
- Problemas de lógica familiar y estaturas: ejercicios basados en narrativas complejas (como el caso de José Luis, que tiene X hermanos y X hermanas, cada uno con estaturas codificadas con letras). El alumnado debe descubrir cuántos miembros componen la familia, resolver sus alturas exactas, sumarlas imaginando que se suben unos encima de otros y reflexionar críticamente sobre si los resultados representan medidas reales en el mundo físico.
- Desafíos matemáticos de múltiples etapas («Un problema con mucho lío» – Nivel 3): problemas de narrativa extensa que simulan un viaje caótico e interdisciplinar en la vida real. A partir de una crónica de viaje (que incluye un trayecto en tren Zaragoza-Barcelona de 300 km a las 9:00 am, esperas, un transbordo en cercanías de 12.5 km, un vuelo a París de 800 km, el alquiler de un Seat Ibiza para recorrer 80 km hasta el restaurante Chat Noir, y trayectos en autobuses urbanos y taxis), el alumno debe calcular de forma integrada distancias totales en metros, trayectos en centímetros, tiempos de viaje en horas, y resolver incógnitas de velocidad y lógica.
- Proyectos interdisciplinares creativos («El mundo en papel»): una propuesta que unifica la geografía, la historia y la plástica mediante la construcción cooperativa de maquetas tridimensionales del relieve de España y el análisis comparativo de cartografía histórica y globos terráqueos antiguos, estimulando la orientación espacial y la investigación autónoma.
- Filosofía visual y mapas conceptuales artísticos: un enfoque metodológico asombroso que lleva la alta abstracción al aula. Consiste en la elaboración de mapas ilustrados inspirados en la sociología de Zygmunt Bauman (por ejemplo, el diseño de un mapa de islas titulado «Unión entre Bauman y la educación»). A través de esta geografía imaginaria, los alumnos debaten visualmente sobre conceptos como la «Vida líquida», si la educación está en «constante cambio» y de qué manera la pedagogía debe sortear las contradicciones y «antinomias» de la sociedad actual.
No basta con complicar los ejercicios; hay que activar el pensamiento creativo y respetar los estilos de aprendizaje de cada alumno, porque el talento no se desarrolla igual en todos los perfiles.
El papel del profesorado y el marco que lo sostiene
Nada de esto depende únicamente de la buena voluntad de un docente aislado. La atención al alumnado con altas capacidades está recogida en la normativa educativa de cada comunidad autónoma —puede consultarse, por ejemplo, en la regulación específica de la Comunidad de Madrid—, y contempla medidas que van desde la flexibilización curricular hasta programas de enriquecimiento. El talento no tiene un único rostro: basta con revisar las diferencias que señalamos al hablar de las niñas con altas capacidades, sistemáticamente infradetectadas, para entender que identificar el potencial ya es, en sí mismo, un reto pendiente.
La ponencia completa
Si quieres profundizar en todos estos argumentos de primera mano, te dejamos el vídeo completo de la charla de Alberto Quílez, grabada en las V Jornadas sobre Altas Capacidades de la UAM:
Un recurso para llevar la teoría al día a día del aula
Si este artículo te ha dejado con ganas de una guía más extensa y aplicada, te recomendamos Talento en el aula, el libro de Alba de Mingo Jiménez junto con Javier Tomás Bórnez Plana. Se plantea como un itinerario formativo circular que va del conocimiento profundo del alumnado a la adaptación efectiva del entorno de aprendizaje, con conceptos como la personalización o el diseño universal para el aprendizaje. Puedes consultarlo, en preventa, en la web de Palabras de Agua Editorial.
Transformar el potencial en talento no es cuestión de un golpe de suerte ni de un alumno «especialmente dotado». Es una construcción diaria, que empieza por dejar de confundir capacidad con talento y termina en un aula que sabe ofrecer el reto adecuado a cada ritmo de aprendizaje.


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